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GINÉS MARÍN, GRAN TARDE EN MADRID

05/06/2019

Fuente: Zabala de la Serna

Ginés Marín corta una oreja, y el presidente le niega la segunda, privándole de la puerta grande.

Lágrimas de rabia asomaban contenidas en los ojos de Ginés Marín. Agarraba desconsolado puñados de arena al final de las dos vueltas al ruedo de consolación, y la plaza atronaba contra el palco. Que se había resistido a descerrajarle la Puerta Grande en el encastado último toro. Magán se reservó antirreglamentariamente la llave, esa oreja mayoritaria y democrática que concede la Ley taurina. Y la buena tarde de Ginés había sido de Puerta Grande, pero no con la fuerza de su suerteAfortunado Poeta formaron un lote de incontestable consagración. De fondo y formas en las antípodas. De Garcigrande y Domingo Hernández, respectivamente y en orden cronológicamente inverso.

Cinco fogonazos habían deslumbrado Madrid. Cinco verónicas pararon el aire. Y frenaron el tiempo. Cinco esculturas de Ginés Marín. Cinco lances que sembraron de silencios las protestas contra Poeta. Que volvió a volcarse en la media de antología. Poeta se hacía una bellísima pintura, encendida de bravuras, estrecho de sienes, tocado arriba por la gloria. ¿Cómo no se iba a protestar un toro tan bonito? El toro de Domingo Hernández vertía calidad en los vuelos, el temple excelso, el ritmo sostenido. Ginés lo puso de nuevo al caballo después del puyazo corrido. Y por el camino quedó de nuevo una alfombra de verónicas de pecho y compás. La lentitud de las muñecas. Y la llamita que se posaba sobre la montera. Castella se entrometió en su turno por saltilleras, contagiadas de la suavidad del tranco.

Empezaba a verse demasiado todo lo bueno de Poeta. Y eso en Madrid es un riesgo. GM lo brindó al Rey Don Juan Carlos. Que nos ha regalado el buen bajío de un puñado de toros inolvidables bajo su presencia: parladés y juampedros, victorinos y adolfos, montalvos y... ¡PoetaGinés honró el tributo a fuego lento. Desde el deslumbrante principio tan exageradamente enriñonado, tan hermoso en el paso, la trinchera y la trincherilla. Y allí en los medios se descaró con su destino.

Extraordinario saludo a la verónica por parte de Ginés Marín al gran 'Poeta' de Domingo Hernández.ANTONIO HEREDIA

Su mano derecha construyó los cimientos. Tan atalonado y hundido y exagerado en su propia cintura. Las series pusieron a hervir los tendidos: entre ellas galopaba Poeta en la distancia generosa, y luego se daba en ellas con la misma generosidad. Marín leía al toro en largo, ligaba los versos cortos y Madrid coreaba con oles alejandrinos. A izquierdas el garcigrande de Domingo racaneó el metro más que desbordaba cálidamente su derecha. Y por algo inexplicable, o que yo no sé explicar, la faena no pasaba de esa zona cálida. Ni se convertía en el incendio pronosticado. Como si al final hubiera rescoldos y no llamas desatadas. GM cerró por bajo y fenuflexo muy toreramente. Y agarró una estocada sensacional que liberó el rugido contenido hasta entonces. En la oreja se frenó el personal. Que ovacionó con frenesí el arrastre de Poeta en su último surco de la tierra.

Afortunado traía el porte opuesto a Poeta. Un aire bruto, fuerte en su embestir. Ginés Marín le ofreció la izquierda sin pensarlo, y la vibración trepó por los tendidos. Enfibrado, concienciado, emotivamente firme. No sé si incluso toreando mejor que al anterior por la exigencia del enemigo. De pronto, también hubo un momento en que aquello pareció descender. Pero remontó por irrespirables bernadinas al punto de sentir la brisa de la calle Alcalá. Un pinchazo previo al espadazo no calmó el ansia popular de gloria. Que se estrelló contra Magan. Y así el poema de Ginés quedó incompleto.

La fortuna había respetado tanto al extremeño oriundo de Jerez que incluso el viento calmó su furia en sus turnos. Tanto, que no embistió ningún toro más con notas parecidas ni aproximadas. A Sebastián Castella se le paró a plomo el remiendo de apertura de Buenavista y se le cruzó un cuarto muy cabrón. Y a Álvaro Lorenzo se le movió uno engañosamente y otro violento y bravucón. Los dos de ritmos y velocidades cambiantes; los dos para apostar al menos un alamar más allá de la corrección.

Ginés abandonó inconsolable la plaza. Y dejó atrás su buena tarde y su buena suerte.

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